Hay quienes miran el mundo desde afuera, sin preguntarse siquiera si pertenecen a él. Hay quienes saben lo que ocurre, pero eligen no saber. Y hay quienes sienten que lo que les sucede a otros les importa, les duele, los cuestiona, pero aprenden a callarse, a achicarse, a desaparecer, a caer en la impotencia, convencidos de que sentir es una debilidad. No pretendo juzgar a quienes no se conectan con los demás. Solo sé que hoy, cuando todo parece urgente y abrumador a la vez, ser sensible sin brújula es demasiado peso. Escribo para eso: para ofrecer algunas herramientas a quienes sienten demasiado y no saben bien qué hacer con eso.
Estos últimos son los que hoy están sufriendo desmedidamente. Los sensibles. Los que no pueden mirar para otro lado. Los que sienten horror, asco, impotencia, angustia, tristeza, dolor, terror. Los que se despiertan a la noche pensando en lo que vieron o por la mañana no entendiendo el mundo en el que están por su crueldad.
Los que no pueden digerir las imágenes, las noticias, los relatos. Los que se preguntan cómo es posible que el mundo siga girando mientras todo eso ocurre.
Los sensibles —me incluyo en este grupo— somos necesarios. Somos los que no normalizamos lo que no debe normalizarse. Somos los que mantenemos viva la capacidad de indignación, de empatía, la compasión. Pero para seguir siéndolo, y para que lo que sentimos sirva de algo, necesitamos aprender a cuidarnos. Porque el mundo necesita personas despiertas, no personas agotadas.
Y acá quiero detenerme, porque hay algo importante que necesitamos entender: la capacidad de sentir no debería convertirse en debilidad sino, muy por el contrario, en un talento y una fortaleza. Sentir es señal de que algo en nosotros sigue vivo, sigue conectado con lo mejor del ser humano. Como expresó Elie Wiesel: «Lo opuesto al amor no es el odio, es la indiferencia.» La insensibilidad no trae fortaleza; es una forma de desconexión. Una forma de sobrevivir, sí, pero también una forma de hundirse lenta y tristemente.
Sin embargo, los sensibles corremos un riesgo real: el de ahogarnos en lo que sentimos. El de confundir el dolor ajeno con el nuestro y perder lo que nos sostiene. El de caer en el horror sin poder hacer nada desde ahí. Porque desde el horror se paraliza, no se ayuda a nadie. Ni a los demás ni a uno mismo.
Entonces, ¿qué hacemos con todo esto?
El punto de partida es reconocer lo que sentimos sin juzgarlo. Sí, es espantoso. Sí, es injusto. Sí, tenemos razón en sentir lo que sentimos. Validar nuestra propia experiencia emocional es el primer paso para no ser arrasados por ella. A eso se suma encontrar la diferencia entre sentir con el otro y fundirse en el otro, que es exactamente lo que la compasión nos enseña: no se trata de tomar el sufrimiento ajeno y hacerlo propio hasta destruirnos, sino de dejar que ese sufrimiento nos mueva a actuar, nos motive a disminuirlo, sin que nos derribe. La compasión verdadera tiene raíces. Tiene una tierra bien sólida porque se basa en la sabiduría, una tierra desde donde pararse para tender la mano.
Desde ahí podemos preguntarnos, con honestidad: ¿qué puedo hacer yo, desde donde estoy? No todo, no lo que no está en nuestras manos. Apoyar causas concretas. Cuidar las conversaciones que tenemos. Sostener a quienes están más cerca de la crisis. A veces lo más político y lo más compasivo que podemos hacer es poner en orden nuestras relaciones con las personas difíciles, limitarlas, no ocultar nuestros valores, aunque no sean los que los demás aprueban en estos tiempos.
Y junto a todo eso, aprender a protegerse sin anestesiarse. Acotar y filtrar las noticias no es indiferencia, sino discernimiento. Apagar las pantallas no es abandono; es necesidad. Podemos seguir comprometidos con el mundo sin dejarnos consumir por él.
Antes de cerrar, te invito a quedarte un momento con estas preguntas:
¿Qué necesito para seguir sintiendo sin quebrarme? ¿Qué necesita mi cuerpo para seguir funcionando cuando me estreso? ¿Qué necesita mi alma para que la pueda seguir conduciendo mi vida?
¿Desde qué emociones quiero responder a lo que sucede en el mundo? ¿Desde la depresión, la ira, la impotencia? ¿O desde mi luminosa capacidad de transformar las emociones perjudiciales desde el amor?
¿Cómo puedo hacer de manera simple y todos los días para que mi sensibilidad sea un puente y no un abismo, y qué pequeño gesto simple, concreto y compasivo —hacia afuera o hacia adentro— puedo ofrecer y ofrecerme hoy?
Ser sensible en un mundo que parece premiar la dureza y la crueldad no es fácil. Pero es, quizás, una de las formas más valientes de estar vivos. Cuidar esa sensibilidad, darle estructura, sostenerla, no es un gesto pequeño: es un acto de resistencia.
El mundo no necesita que te apagues para sobrevivir. Necesita que aprendas a arder sin consumirte. Que tu sensibilidad, bien sostenida, se convierta en presencia, en escucha, en gesto concreto. Eso que sentís puede cambiar algo. Aunque sea pequeño. Aunque sea cerca.
Apagarse no es el único destino posible. También existe otra salida: sentir, sostenerse, y seguir. No intactos, porque nadie atraviesa esto intacto. Sino más enteros, más honestos, más humanos. Eso es lo que te deseo.
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