Desde marzo de 2020 el país ha sido víctima de una pandemia internacional de infecciones por COVID, esta ha generado distintas respuestas emocionales en la población, con diversas respuestas a nivel emocional, fisiológico y conductual.
Es un hecho la exacerbación del malestar subjetivo en la inmensa mayoría de
la población así como el incremento de agudización de cuadros preexistentes de
ansiedad y depresión, así como trastornos del sueño en una amplia mayoría de la
población especialmente urbana.
De acuerdo a estudios realizados en la Argentina el mayor índice de factor
común que ha producido malestar en la población es la incertidumbre respecto a cómo
se va a desarrollar la enfermedad hasta de qué manera puede llegar a sostenerse
en este nuevo orden de convivencia y si realmente llegaremos a volver a tener
una convivencia social como estábamos acostumbrados, como las expectativas de la llegada de la
vacuna y si se hará en un tiempo a corto
plazo o tendremos mayor incidencia de infectados y colapso de los sistemas de
salud.
Las emociones negativas como la tristeza, la bronca y el miedo han prevalecido, así como el
aumento de los trastornos de ansiedad específicamente estados de pánico y
ansiedad generalizada en su mayoría en comorbilidad con estados depresivos.
Un alto grado la población ha sufrido alteraciones en el ciclo circadiano,
especialmente trastornos en la conciliación del sueño, insomnio intermedio, muy
frecuente en personas que sufren de ansiedad generalizada, y en casos extremos
transposición de sueño vigilia.
Los estados de angustia manifestados como el miedo al contagio con diversas
somatizaciones e inclusive estados de cefaleas son de frecuencia, especialmente
al principio de la pandemia las personas estaban muy atentas a cualquier
síntoma que sea compatible con el contagio de covid, a la mínima sensación de
picazón de garganta o tos, dolor corporal, se angustiaban de sobremanera, y no solo el
temor de adquirir la enfermedad sino del contagio al grupo familiar, a eso se
le sumaban estados de cansancio por un
sueño no reparador que a su vez generaba estados de irritabilidad que se unían
a la experiencia única de trabajar en sus casas, muchas veces compartiendo
miembros de la familia el ambiente en común que se transformó en una oficina de
24 horas con barrimiento de las horas laborales en muchos casos, y el miedo subjetivo
de los trabajadores de perder su fuente laboral ya que de hecho no estaban en
sus lugares regulares de trabajo y esto genera una fantasía de vacío de su
espacio laboral.
Más allá de la reorganización de sus rutinas, las personas comenzaron a
sufrir la pérdida de la libertad, de sus proyectos personales que habían
diseñado para el 2020, sumado a una inminente hiperinflación y devaluación de
nuestra monedad, y que muchos trabajadores no esenciales se vieron perjudicados
de sobremanera en su economía no pudiéndola sostener teniendo que despedir a
sus empleados y cerrar definitivamente sus negocios, y que por ahora no podemos
evaluar el daño psíquico y somático que estas determinaciones traen a colación,
como ser cardiopatías y el desarrollo de enfermedades psicosomáticas como se
vieron en la crisis del 2001.
El estigma de estar enfermo, o de
ser un profesional de salud dejo reflejado en lo social dos conductas
antagónicas al principio de la pandemia, el aplauso y la discriminación en las
viviendas de los trabajadores por el miedo de que ellos sean portadores de la
enfermedad en los edificios donde residían. Freud plantea en la noción de duelo
no solo a las pérdidas de un ser querido, sino a las equivalencias, en este
caso se presentan la perdida a la libertad que el encierro obligatorio generó
en muchas personas, la pérdida de estar en compañía con los seres queridos, el
dolor de los padres que se han separado y no pueden ver a sus hijos, como
también las pérdidas reales ocurridas en muchas familias que se les ha impedido
realizar los rituales que necesita el ser humano para la aceptación definitiva
de la muerte de un ser querido. Todos estos cambios abruptos, inesperados e
inéditos en nuestra historia social han tenido una fuerte impresión en el
colectivo social.
Estos estados de amenaza o incertidumbre han generado vulnerabilidad en un
amplio sector de nuestra sociedad, especialmente en sectores más frágiles como
ser las personas mayores, los trabajadores independientes y aquellos que han
quedado por fuera del mercado laboral, el exceso de disfuncionalidad en
familias, la ausencia de contención a muchos sectores de la sociedad ha dejado
como consecuencia estados de miedo y en extremos parálisis en muchas personas
que ya tenían antecedentes de vulnerabilidad.
Todos los seres humanos no reaccionamos con resiliencia, esta es la
capacidad de atravesar situaciones extremas y no quebrarse, es más, salir exitosos de las mismas, pero las
experiencias emocionales son complejas y difieren en muchos niveles y dependerá
de la capacidad de percibir la situación y tomar las estrategias adecuadas para
cada una de ellas La psicoeducación sanitaria en este momento se enfoca en tomar
las medidas adecuadas para aminorar el grado de contagio con el uso de
barbijos, limpieza extrema y distanciamiento social, pero también es muy
importante utilizar la inteligencia emocional identificando lo que sentimos y
el estado emocional de los otros, de ser asertivos y poder expresar nuestras
necesidades, de tener una respuesta empática con los demás a pesar de
encontrarnos con nuestros propios miedos y regular nuestras emociones de manera
más adaptativa.
Esta flexibilidad emocional de regular las emociones a partir de
estrategias que hagan efectivas las demandas permite funcionar de una manera
más empática, para ello debemos aminorar las amenazas dentro de la capacidad de
autocontrol que podemos tener, por ejemplo no sobreexponerse a la información
de los medios de comunicación social que informan y a la vez exacerban de forma
morbosa los indicadores de muerte, y esto se repite en todos los canales las 24
horas del día, esto activa la amígdala y la persona esta sobre activada y
angustiada generando una cascada de adrenalina, aumentando el cortisol y
agotando al organismo con sus consecuentes somatizaciones, poder dedicar el
tiempo a lo laboral y sumarle algunas actividades que generan placer sin que se
conviertan en un “deber” para que permita liberar dopamina en el cerebro y
facilitar momentos de autocuidado, calidez y amabilidad, el poder conectarse
con los afectos sin que esto genere angustia por el distanciamiento para que se
pueda liberar oxitocina y endorfinas que mejoren no solo nuestro estado anímico
sino nuestro sistema autoinmune. Reorganizar nuestras rutinas, nuestros ciclos
de sueños, evitar en la medida de lo posible el sedentarismo realizando
cotidianamente ejercicios dentro de nuestro espacio hogareño, con dietas
adecuadas y evitando el tabaquismo es una de las claves que tenemos que tratar
de incorporar.
La regulación emocional y la capacidad de poder reconducir asertivamente
nuestras emociones y conductas son formas armónicas de manejo del estrés pero
cuando esto no se puede autorregular estamos frente a un estado de
desregulación donde la intensidad emocional es intensa y se refleja en cuadros
clínicos donde las conductas impulsivas, el escaso insight emocional o el uso
de estrategias inadecuadas generan estados disfuncionales que se reflejan en
cuadros de pánico, depresión y estrés agudo.
Lic. Mónica Arcas – Psicóloga Clínica – arcasweb@gmail.com – 15 3488 2542 –
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