lunes, 24 de agosto de 2020

Consecuencias y resiliencia de los periodos de pandemia

 Desde marzo de 2020 el país ha sido víctima de una pandemia internacional de infecciones por COVID, esta ha generado distintas respuestas emocionales en la población, con diversas respuestas a nivel emocional, fisiológico y conductual.

Es un hecho la exacerbación del malestar subjetivo en la inmensa mayoría de la población así como el incremento de agudización de cuadros preexistentes de ansiedad y depresión, así como trastornos del sueño en una amplia mayoría de la población especialmente urbana.

De acuerdo a estudios realizados en la Argentina el mayor índice de factor común que ha producido malestar en la población es la incertidumbre respecto a cómo se va a desarrollar la enfermedad hasta de qué manera puede llegar a sostenerse en este nuevo orden de convivencia y si realmente llegaremos a volver a tener una convivencia social como estábamos acostumbrados,  como las expectativas de la llegada de la vacuna y si  se hará en un tiempo a corto plazo o tendremos mayor incidencia de infectados y colapso de los sistemas de salud.

Las emociones negativas como la tristeza, la bronca  y el miedo han prevalecido, así como el aumento de los trastornos de ansiedad específicamente estados de pánico y ansiedad generalizada en su mayoría en comorbilidad con estados depresivos.

Un alto grado la población ha sufrido alteraciones en el ciclo circadiano, especialmente trastornos en la conciliación del sueño, insomnio intermedio, muy frecuente en personas que sufren de ansiedad generalizada, y en casos extremos transposición de sueño vigilia.

Los estados de angustia manifestados como el miedo al contagio con diversas somatizaciones e inclusive estados de cefaleas son de frecuencia, especialmente al principio de la pandemia las personas estaban muy atentas a cualquier síntoma que sea compatible con el contagio de covid, a la mínima sensación de picazón de garganta o tos, dolor corporal,  se angustiaban de sobremanera, y no solo el temor de adquirir la enfermedad sino del contagio al grupo familiar, a eso se le sumaban  estados de cansancio por un sueño no reparador que a su vez generaba estados de irritabilidad que se unían a la experiencia única de trabajar en sus casas, muchas veces compartiendo miembros de la familia el ambiente en común que se transformó en una oficina de 24 horas con barrimiento de las horas laborales en muchos casos, y el miedo subjetivo de los trabajadores de perder su fuente laboral ya que de hecho no estaban en sus lugares regulares de trabajo y esto genera una fantasía de vacío de su espacio laboral.

Más allá de la reorganización de sus rutinas, las personas comenzaron a sufrir la pérdida de la libertad, de sus proyectos personales que habían diseñado para el 2020, sumado a una inminente hiperinflación y devaluación de nuestra monedad, y que muchos trabajadores no esenciales se vieron perjudicados de sobremanera en su economía no pudiéndola sostener teniendo que despedir a sus empleados y cerrar definitivamente sus negocios, y que por ahora no podemos evaluar el daño psíquico y somático que estas determinaciones traen a colación, como ser cardiopatías y el desarrollo de enfermedades psicosomáticas como se vieron en la crisis del 2001.

 El estigma de estar enfermo, o de ser un profesional de salud dejo reflejado en lo social dos conductas antagónicas al principio de la pandemia, el aplauso y la discriminación en las viviendas de los trabajadores por el miedo de que ellos sean portadores de la enfermedad en los edificios donde residían. Freud plantea en la noción de duelo no solo a las pérdidas de un ser querido, sino a las equivalencias, en este caso se presentan la perdida a la libertad que el encierro obligatorio generó en muchas personas, la pérdida de estar en compañía con los seres queridos, el dolor de los padres que se han separado y no pueden ver a sus hijos, como también las pérdidas reales ocurridas en muchas familias que se les ha impedido realizar los rituales que necesita el ser humano para la aceptación definitiva de la muerte de un ser querido. Todos estos cambios abruptos, inesperados e inéditos en nuestra historia social han tenido una fuerte impresión en el colectivo social.

Estos estados de amenaza o incertidumbre han generado vulnerabilidad en un amplio sector de nuestra sociedad, especialmente en sectores más frágiles como ser las personas mayores, los trabajadores independientes y aquellos que han quedado por fuera del mercado laboral, el exceso de disfuncionalidad en familias, la ausencia de contención a muchos sectores de la sociedad ha dejado como consecuencia estados de miedo y en extremos parálisis en muchas personas que ya tenían antecedentes de vulnerabilidad.

Todos los seres humanos no reaccionamos con resiliencia, esta es la capacidad de atravesar situaciones extremas y no quebrarse, es más,  salir exitosos de las mismas, pero las experiencias emocionales son complejas y difieren en muchos niveles y dependerá de la capacidad de percibir la situación y tomar las estrategias adecuadas para cada una de ellas La psicoeducación sanitaria en este momento se enfoca en tomar las medidas adecuadas para aminorar el grado de contagio con el uso de barbijos, limpieza extrema y distanciamiento social, pero también es muy importante utilizar la inteligencia emocional identificando lo que sentimos y el estado emocional de los otros, de ser asertivos y poder expresar nuestras necesidades, de tener una respuesta empática con los demás a pesar de encontrarnos con nuestros propios miedos y regular nuestras emociones de manera más adaptativa.

Esta flexibilidad emocional de regular las emociones a partir de estrategias que hagan efectivas las demandas permite funcionar de una manera más empática, para ello debemos aminorar las amenazas dentro de la capacidad de autocontrol que podemos tener, por ejemplo no sobreexponerse a la información de los medios de comunicación social que informan y a la vez exacerban de forma morbosa los indicadores de muerte, y esto se repite en todos los canales las 24 horas del día, esto activa la amígdala y la persona esta sobre activada y angustiada generando una cascada de adrenalina, aumentando el cortisol y agotando al organismo con sus consecuentes somatizaciones, poder dedicar el tiempo a lo laboral y sumarle algunas actividades que generan placer sin que se conviertan en un “deber” para que permita liberar dopamina en el cerebro y facilitar momentos de autocuidado, calidez y amabilidad, el poder conectarse con los afectos sin que esto genere angustia por el distanciamiento para que se pueda liberar oxitocina y endorfinas que mejoren no solo nuestro estado anímico sino nuestro sistema autoinmune. Reorganizar nuestras rutinas, nuestros ciclos de sueños, evitar en la medida de lo posible el sedentarismo realizando cotidianamente ejercicios dentro de nuestro espacio hogareño, con dietas adecuadas y evitando el tabaquismo es una de las claves que tenemos que tratar de incorporar.

La regulación emocional y la capacidad de poder reconducir asertivamente nuestras emociones y conductas son formas armónicas de manejo del estrés pero cuando esto no se puede autorregular estamos frente a un estado de desregulación donde la intensidad emocional es intensa y se refleja en cuadros clínicos donde las conductas impulsivas, el escaso insight emocional o el uso de estrategias inadecuadas generan estados disfuncionales que se reflejan en cuadros de pánico, depresión y estrés agudo.

Lic. Mónica Arcas – Psicóloga Clínica – arcasweb@gmail.com – 15 3488 2542 – ON LINE -

No hay comentarios:

Publicar un comentario